viernes, 16 de agosto de 2013

Fugaces como las estrellas,así somos.



Para siempre, siempre fue demasiado tiempo. Y de tiempo es de lo que realmente andamos escasos, huye, se nos escapa para jamás volver. Pasado el ayer solo queda el mañana, y el mañana es tan incierto e impredecible que asusta e intimida, es el veneno de la cordura, lentamente destruye el deseo y la ambición. Una vez muerta la ambición arde el alma, y con ella la vida, dejamos de existir para ser polvo y cenizas que fluyen por el mundo, arrastradas por el viento, viviendo en inmensas colinas, muriendo en el fondo de los mares.
El tiempo corre, apenas nos da tiempo a apreciarlo, es efímero como la vida misma, cúmulo de recuerdos que forman un tu o un yo o un aquel, pero cada cual forja su vida a partir de recuerdos, porque al morir no quedara lo que tenemos, lo material desaparecerá, y en ese instante, nuestra única coraza ante la llegada implacable de la muerte serán los recuerdos, lo vivido y amado, lo que nos hizo ser un pocos más grandes, lo que nos diferencia y nos hace especiales, lo que indudablemente nos hizo feliz durante efímeros segundos que corren cautivos.

La vida fluye por cada poro, el corazón suda palabras y el alma destila sensaciones, somos un torrente de sensaciones cuyo principio y fin son desconocidos.
Margen de error, algo más de cordura entre tanta locura, menos impaciencia, falta tiempo para conocerse, para juzgarse, vivimos inmersos en un tremendo bullicio, rápido y fugaz, como la vida misma. Cerrando los ojos, se apaga el universo, cerrando los ojos, uno se aísla y siente, ¿por eso cerramos los ojos al besar?
Sin ser nada, fuimos casualidad y azar de vez en cuando, ilusión y sonrisas arrancadas, miradas perdidas encontrándose, una mera ilusión, efímera y dulce, como el ligero matiz rojo de sus mejillas ante su mirada, delicada como su sonrisa, suave como el aire.
Nunca me fie de las sonrisas, ni de las ebrias palabras adornadas de lujuria y deseo, siempre fui más de actos, de miradas inconscientes y sinceras que desvelan toda su vida, de besos arrancados de lo más profundo del alma, de mordiscos que se llevan pequeñas partes de vida, de abrazos que funden corazas y unen mundos, al fin y al cabo, siempre fui de engañar con la sonrisa para conquistar con la mirada.


Fugaces como las estrellas, así somos.


jueves, 7 de marzo de 2013

Vestigio de nosotros.




Todo empezó como empiezan muchas cosas en esta vida, sin mucho sentido, de la nada y de repente, de sopetón, sin quererlo nos cruzamos y de casualidad, más típico del caprichoso destino que de un cuento de hadas, todo surgió.
Con más prisa por desvestirnos, por comernos a besos, con más ganas de recorrer cada centímetro de nuestros cuerpos que por ver amanecer, de sentir su respiración en mi cuello que de ver anochecer, de sumergirnos en ese pozo inmenso de lujuria que de ver la luz, solo buscando iluminarnos a besos entre las sábanas mientras los primeros rayos de luz del día ponían fin a esa noche tan mágica, con tanta historia en tan solo unas horas, con más gemidos y susurros que muchas otras noches jamás escucharán, con miradas cómplices, diciéndose de todo al alba.
Ni ella le buscaba, ya tenía a su príncipe, ni él buscaba princesa, pero se encontraron en la oscuridad de la noche mágica, una noche famosa por su leyenda, aquella noche en la que se cumplían todos los deseos frente al resplandeciente fuego de las hogueras chispeantes, quizás sin saberlo se habían deseado mutuamente aquella calurosa noche de Junio. Quizás esto empezó antes de lo que imaginaron, incluso antes de darse cuenta, antes de conocerse.
Y cuando todo parecía tocar a su fin, siendo eso, dos amantes ocasionales que se despedían al amanecer como muchos otros, sin perspectiva de volverse a ver, esa magia desconocida los envolvió. Y todo comenzó, con más ganas que sentido, y como dos tontos empezaron a robarse sonrisas desconsoladas, sonrisas sinceras, que iluminaban una ardua locura. Y poco a poco ese corazón aletargado, perteneciente a otro empezó a experimentar una ilusión distinta, diferente, veía otro mundo que hasta ahora no conocía. Un mundo nuevo, tan novedoso y abrumador que no se consideraba merecedor de él, pero no había princesa más idónea, más bella ni más apta para dicho altar, su encanto, su dulzura, y su sonrisa, su forma de reír, le hacían tan única que perdía el norte entre sus labios, la locura le invadía con sus caricias y su aroma era tan especial, tan suyo, tan ella.
Y desde un lugar entre la nada siguió creciendo la complicidad, aumentaron los besos robados ilícitamente a esos labios que eran de otro pero que ella sin dudar le regalaba, y en la parte de atrás de un coche, se entregaban el uno al otro, con el único fin de complacer con placer, con sus cuerpos a escasos milímetros, con sus respiraciones uniéndose en una sola.
Con los árboles solitarios como espectadores se regalaban besos y sonrisas, sin hablar de un mañana que quien sabe si llegaría, viendo como el tiempo entre sus manos volaba, el alba y el ocaso se fundían en cuestión de segundos, como se fundían sus besos.
Seguían regalándose poco a poco un mundo lleno de complicidades, de secretos, de sus secretos.


Maldito momento en el que decidimos quedarnos a solas, tal vez lo de "maldito" sea más bien relativo, pero es de esto que te atrae tanto que o te alejas, o caes. Y no quieres alejarte...
Es un momento caótico y confuso en el que se entremezclan sentimientos y millones de pensamientos te taladran la cabeza.
Probablemente nos preocupemos de más, pero claro, nos enamoramos, y luego pasa lo que pasa.... Lo que provoca un choque de ideas desde un
"Enamorarse? Qué pereza."
Hasta un... "No sé, es tan difícil de explicar, que enamora."
Y para variar, siempre, todas y cada una de esas ideas están relacionadas con el amor, no somos cabezotas ni nada, como nos gusta vivir en nuestra nube de nostalgia constante.
Claro que estando tú y yo a solas es inevitable no poder ni pensar, solo reaccionar, dejar que tus dientes midan mi ternura, mientras cumplimos la norma de complacer con placer. Siempre buscando dar la vuelta al mundo sin salir de una habitación, yo, al menos el tuyo.
Eso si, después de haber conseguido descolocarme de pies a cabeza puedo afirmar algo con total seguridad:
El cielo se come.’


Y ante todo pronóstico, mientras el mundo entero esperaba la caída expectante, como si fuese cosa del destino, la cosa lejos de acabar, lejos de acercarse el fin siguió subiendo y subiendo, tan alto que juntos contemplaron Madrid desde las alturas, sintiéndose pequeños, ínfimos, eternos. Con Madrid a sus pies, enseñándole poco a poco lo que merecía, haciéndole ver que todo cuanto desease estaba ahí, solo tenía que desearlo con fuerza, con ganas. Sacaba lo mejor de ella, como ella sacaba lo mejor de él. Y tan alto estaban que podían tocar el cielo, podían iluminar el cielo con sonrisas y besos, viendo como poco a poco la luna cada día estaba más celosa.


‘La noche empieza a caer, ese cielo azul que se tiñe poco a poco de ese color anaranjado, casi rosado, la luna empieza a hacer acto de presencia dispuesta a iluminar una noche más, esa noche. Frente a su portal él, apoyado en la farola, cigarro en mano, apurando cada calada, viendo como el humo se esfuma poco a poco. Ahí le esperaba a ella, su perdición, dispuesto a hacer de esa noche algo especial, único, preparado para la ocasión, impecable, zapatos negros recién limpiados a conciencia, pantalones pitillo negros, camisa negra ceñida, haciendo resaltar su cuerpo trabajado en el gimnasio, y para rematar, para dar ese toque suyo tan especial, americana azul marino con ese aire de informalidad tan característico.
Se hacía de esperar, para variar, ella y su particular problema con la puntualidad, pero hoy no importaba, era su día. Madrid empezaba a encenderse poco a poco, empezaba a cobrar vida, empezaba a despertar, a volver de su letargo, dispuesto a brindar lo de mejor de sí una noche más.
De repente, un leve ruido le sacó de sus pensamientos, y apareció, con su aire risueño, con su eterna sonrisa dibujada, con sus andares de princesa, con su mirada tan dulce.
-          Buenas, perdona hacerte esperar, pero es que mi madre ha llegado tarde y tenía que cuidar de la peque.
-          No pasa nada, hoy te lo perdono todo, es tu día.
Sacó del bolsillo derecho de la americana tres sobres numerados, en cada uno de ellos había uno de sus restaurantes favoritos, le había costado averiguarlos pero el esfuerzo merecía la pena, empezaba el juego de esa noche mágica.
-          Elige uno, el que más te guste, di un número y sube al taxi que nos espera una larga noche.
-          Pufff…..me da igual, elige tú, que sabes que odio elegir.
-          Hoy te toca elegir, es tu día.
-          Bueno, vale, pues el dos.- Aceptó a regañadientes.
-          Perfecto, venga sube.- Dijo a la vez que le abría la puerta del taxi, con esa media sonrisa ladeada en la boca, esa sonrisa de picardía.
Primera parada, uno de sus restaurantes preferidos.
Una cena entre sonrisas, entre miradas cómplices, entre caricias y besos. Él hipnotizado por su belleza, por su forma de hablar, por su leve forma de mover el pelo, por esa vergüenza tan suya, esa inocente forma de ruborizarse.
-          ¿Te ha gustado la cena?
-          Me ha encantado.
-          No te creas que la noche acaba aquí que esto solo acaba de empezar.- dijo a la vez que sacaba otros cuatro sobres del bolsillo izquierdo de la americana. Esta vez en cada uno de ellos había un local especial, locales especiales de Madrid-Te toca volver a elegir.
-          ¿No me voy a poder librar no?
-          Sabes que no.
-          Eres muy cruel……
-          Sabes que sí, pero solo lo soy contigo.
-          Pues esta vez el uno.- Se decidió con esa sonrisa de alelada, esa sonrisa tonta que tanto le encanta, que la hace tan inocente, que le pierde sin remedio ninguno.
-          Perfecto, venga vámonos, ¿te fías de mi no?
-          Acaso me queda otra opción.
-          Creo que no.-Dijo mientras la besaba, un beso de esos dulces, tiernos, llenos de pasión.
Siguiente parada: paseo por las calles de Madrid, con alguna pequeña parada, rumbo al garito elegido.
Comerse las calles de Madrid, empachados de amor, perdiéndose entre las luces, entre el ruido de los coches, entre la muchedumbre, entre la belleza nocturna de esa magnífica ciudad, entre su belleza. Recorriendo la calle de Alcalá con el Metrópoli en el horizonte, iluminado, encumbrado por ese ángel, viendo como entre palabra y palabra aumentaba la complicidad, como entre caricia y caricia crecía el deseo, como entre mirada y mirada desaparecía el mundo, como entre beso y beso empezaba a florecer algo de eso que llaman amor.
-          Espérame aquí un momento, ahora vengo.- Dijo a la vez que le guiñaba un ojo sonriente, y se esfumó entre la muchedumbre que abarrotaba la calle en esa calurosa noche madrileña.
Un par de minutos después que se hicieron eternos volvió aparecer.
-          Helado de mango para la señorita.
-          No creo….
-          Sí, créetelo.
Las miradas hablaban, las palabras se comían, las manos mordían, esa cara de embobados mutua, un silencio cómplice les rodeaba, sobraban las palabras. Continuaban ensimismados en su mundo, ajeno a todo lo que acontecía a su alrededor, rumbo al garito elegido, con el único fin de hacer de esa noche algo increíble, algo simplemente inolvidable.
-          Por favor camarero, me pones un zumito de Vodka con Blue Tropic para la señorita y un White Label con naranja para mí.
-          ¿Algún día dejarás de decir que bebo zumitos? Tiene el mismo alcohol y está más rico, no son zumos.- Replicó con ese tono de indignada tan suyo.
-          Mmmm…..Espera que lo piense….Creo que no, para mí eso seguirán siendo zumos.- Respondió entre risas a la vez que ella le golpeaba con cariño, dando a entender su disconformidad.
Entre cubata y cubata, entre chupitos y chupitos, besos y más besos, ganas de comerse el mundo en ese preciso instante, sentir que todo fluye, que todo es perfecto, que no hay mejor sonrisa que esa, que no la hay más dulce que ella, que las risas son más fáciles que de costumbre, que los besos son más fuertes, que los mordiscos se dan con rabia, con ganas, quien sabe si por los efectos del alcohol por cualquier otra cosa pero parece que todo se ralentiza, quien sabe si van borrachos, de alcohol o de amor, pero borrachos al fin y al cabo.
Salieron del garito entre besos y miradas, entre muerdos y caricias, entre risas tontas y carcajadas al aire.


En su portal volaban los besos, nos comíamos con la mirada, jugábamos con las manos, nos recorríamos, nos hacíamos sufrir mutuamente, quedándonos con ganas de más. Mis manos recorrían cada rincón de ti, haciéndote enloquecer, haciéndote sufrir, haciéndote desear que te hiciese mía ahí mismo.
-          Para, no seas malo, aquí no que nos puede ver cualquiera y están mis padres arriba.
-          Sabes que me gusta ser malo, hacerte sufrir, que te derritas en mis manos.
-          ¿No vas a parar no?
-          Sabes que no.
-          No puedes hacerme esto…..- El deseo se palpaba en el ambiente, ganas de desaparecer, de olvidarse del mundo durante un instante.
-          Venga va, paro, pero que sepas que esto no queda aquí, la próxima vez te comeré toda entera.
-          Te comeré yo antes.
-          No te engañes, sabes que eso no va a pasar, cuando te quieras dar cuenta te habré devorado entera. ¿Te ha gustado la noche?
-          Me ha encantado.- Esa sonrisa dulce volvía a asomar, se empezaba atisbar.
-          A mí me encantas tú.
-          Y a mi tú mucho más.
-          No te has dado cuenta de una cosa esta noche.
-          ¿De qué?
-          La Luna esta noche no ha salido porque la he tenido secuestrada, esta noche ha sido solo mía.- Ella no respondió, simplemente sonrió y clavo su mirada en la suya, una de esas miradas que lo dicen todo, sin apenas ser casi nada.
-          Bueno anda súbete ya que tus padres te estarán esperando.
-          No quiero, quiero quedarme contigo.
-          Me encantaría que te quedases conmigo pero hoy ya es algo difícil.
-          Ya…….
Los besos de despedida empezaron a sustituir a las palabras, cada vez con más ganas, más pasión deseando que eso no acabase nunca. De repente sonó su móvil, la madre ponía fin a tanta pasión.
-          Bueno me tengo que subir.-Intentó decir entre beso y beso.
-          Va, buenas noches gorda, descansa.
Ella seguía apoyada en el portal mirándole, observando detenidamente como se alejaba poco a poco, de repente se giró y sus miradas se cruzaron. Se para, la sonríe con dulzura, la observa con detenimiento ahí parada, mirándole fijamente, y le dice:
-          Tienes un problema.
-          Ah,¿si?,¿cuál?
Se acercó a ella lentamente, la quito levemente el pelo de la oreja, le dio un leve mordisco de esos que la vuelven loca.
-          Estas locamente enamorada de mí, pero tu aún no lo sabes.
Fue un susurro, un tono muy suave, provocador, apenas perceptible.’


Ella su musa, él su locura, lo que sin más había descolocado todo su mundo, lo que de la nada apareció y empezó con cada sonrisa y cada gesto a derrumbar su mundo, pero aún con todo derrumbado era todo tan bonito, tan bonito que enamoraba.
Empezaron a construir recuerdos imágenes que se grababan a fuego en lo más hondo de sus almas, tantas primeras veces, y todas tan especiales, desde esa lágrima de felicidad que no vio si no que sintieron sus manos acariciando su fino rostro, desde ese primer ‘te quiero’ en su portal, aferrándose a él como si fuera a irse para no volver, como si el momento fuera a desvanecerse, hasta cada una de sus sonrisas grabadas a fuego en su pecho, hasta cada una de las veces que se entregaba a él, hasta cada una de las veces que sin quererlo dejaba hablar a su corazón.


‘Principios de Septiembre, el verano va tocando a su fin, vuelta a la bulliciosa vida de la capital madrileña, al descontrol y las prisas, al metro y sus peculiaridades. Entre tanta gente su mirada se centra en ella, con su sonrisa tan característica, esa sonrisa traviesa, esa mano que siempre se echa al pelo apartándoselo lentamente de la cara.
-          Perdóname por llegar tarde pero es que justo ha llegado mi madre y me ha entretenido.- dice dulcemente entre sonrisas.
Ella y sus excusas, siempre tenía una para justificar sus retrasos, pero con esa dulzura, esa alegría, esa mirada, ¿acaso podría enfadarse con ella? No, definitivamente no. Se ríe solo, para sus adentros, viendo como con vanas excusas justifica su pequeño problema con la puntualidad.
-          Bueno tengo toda la tarde pensada a partir de las 7 asique, ¿qué te apetece hacer hasta entonces?
-          No sé, piensa tú, odio elegir.
-          Venga te doy a elegir, ¿merienda en Hard Rock Café o cachimbería y cócteles?
-          Cachimbería.
-          Pues venga vamos, que el tiempo apremia.
-          ¿Vas a decirme lo que tienes pensado a partir de las 7?
-          No, es una sorpresa.
-          Odio las sorpresas.
-          ¿Y? Sabes más que de sobra que siempre hago lo que me da la gana.
Entre el humo que emanaba de sus pulmones y que suavemente abandonaba sus cuerpos acariciando levemente los labios, entre los ‘sex on the beach’ y sonrisas se regalaban besos, se mordían, se acariciaban, como si durante breves instantes el mundo se detuviese y solo estuviesen ellos dos, el uno frente al otro, comiéndose con la mirada, bebiéndose con los labios, elevándose al cielo con las manos. Ella, tenía ese maldito poder de hacer cada momento único, grabarlo a fuego en la memoria.
-          Ya es la hora.-Dijo mientras miraba la hora.- ¿Preparada para la siguiente parada?
-          ¿Cuál es la siguiente parada?
-          Sorpresa, siempre quieres saberlo todo.
-          Voy al baño y nos vamos.
-          Venga vale, voy pagando.
Acaramelados, embelesados, en su mundo, con una sonrisa inquieta en su rostro subían lentamente por la Calle Arenal hacia la Puerta del Sol. El centro de todo lo que conocemos, el inicio de Madrid y de España, el km.0, donde puede que empiecen las cosas o acaben. Siempre abarrotada, cientos, miles de personas, cada una distinta, con una historia, con una vida que empieza o cuyo fin se acerca, y en medio de todas esas mentes maravillosas, ellos dos, ensimismados, el uno junto al otro.
-          Segunda parada de la tarde, una de las mejores heladerías de todo Madrid, Il Gelatto.
-          Nunca dejarás de sorprenderme, ¿no?
-          Digamos que no, no es mi intención. Una pena que no tengan helado de mango, pequeño fallo, esperaba que si tuviesen.
-          No pasa nada.
-          Bueno, ¿entonces que te apetece?
-          Stracciatella y fresa.
-          Perfecto.
-          Ponme dos tarrinas medianas, una de Stracciatella y fresa, y la otra de limón y Ferrero rocher.- Se dirigía al dependiente, de reojo la observaba, su sonrisa, su debilidad.
-          Ni intentes pagar, es mi idea, yo invito.
-          Pero……
-          Pero nada, toma aquí la tienes, a comer.- Le dijo mientras le entregaba su tarrina.
Se lo agradeció con un beso, uno suave, casi imperceptible, único. Lentamente se lo iban comiendo, mientras subían la calle Alcalá, hablando de todo y nada a la vez, el tema no era importante, lo importante eran ellos, que ellos estaban allí. Empezaba a atardecer, el Sol empezaba a esconderse entre los edificios de Madrid.
-          Venga date prisa en acabarte eso y anda más rápido que empieza a atardecer y ya es hora de la siguiente parada.
-          ¿Cuál es?
-          Deja de hacer preguntas y anda.
Se dirigían a paso ágil hacia el Círculo de Bellas Artes, de la mano, dispuestos a poner Madrid a sus pies, a observar al resto de la ciudad con desprecio, viendo como todo bajo sus pies se quedaba algo más pequeño.
-          Dos entradas para el ático por favor.- Se dirigió a la chica que estaba tras el mostrador, algo rellenita pero muy agradable, transmitía tranquilidad ¿Cuántas parejas igual que ellos habrá visto? Cientos seguro, cientos de parejas con esa misma ilusión brillando en los ojos.
-          No me lo puedo creer…
-          Espérate a subir.
Y desde ahí arriba, desde uno de los sitios más bonitos de Madrid, al atardecer, mientras los edificios devoraban al Sol, mientras esos últimos rayos de luz iluminaban su rostro, cada una de sus facciones, resaltando el brillo de su mirada, y su sonrisa, puede que esa sonrisa haya sido la más bonita que haya visto jamás, tan sincera, tan resplandeciente, se la veía feliz, realmente feliz.
-          Es increíble, precioso, me encanta, muchas gracias.
-          No tienes que darlas, te mereces esto y más.
Ella no respondió con palabras si no con besos, y más besos, mientras abrazados observaban la belleza de un Madrid iluminado entre la oscuridad de la noche, la inmensidad de la Calla Alcalá, la diosa Cibeles, el ángel que encumbraba el Metrópolis, todo ello a sus pies.
Desde lo más alto no veían más allá de sus miradas, ella era el Sol y la Luna que lo ilumina todo cada día, con su belleza, dejando apenas que se insinúen las cosas, él apenas aspiraba a ser una estrella en el firmamento.’

Pero tan rápido como ascendieron comenzaron la caída, caída libre y directa a la nada, y las sonrisas se fueron torciendo, los sentimientos se fueron apagando, y las mariposas se fueron quemando, lentamente una a una murieron, y donde antes solo había felicidad y deseo, empezaron las dudas y la desgana, las mentiras y los engaños. Y es que fue tan rápido el ascenso hacia el cielo que perdieron la perspectiva de lo que había bajo sus pies, perdieron la vista de la realidad inmersos en su propia realidad, en la realidad de sus sabanas; y cuando se pararon a pensar todo había sido tan rápido, tan desbocado, tan vertiginoso que perdieron la ilusión y las dudas empezaron a surgir entre los recovecos de ese convencimiento más anhelado que real.
Y entre una tristeza palpable se dijeron adiós, sin querer abandonarse el uno al otro, pero sabiendo que no había más remedio, la ilusión se había cambiado por dolor, las ganas en desgana y las sonrisas por inmensos vacíos.
Donde había miradas cómplices solo quedaron miradas evasivas que sin querer recordaban lo que vivieron, caricias que erizaban la piel desencadenando un tumulto de sensaciones, gestos que sin decir nada lo decían todo, silencios que hablaban a gritos y respiraciones nostálgicas, mientras el alma se desgarraba anhelante, pero hay momentos en los que la razón debe prevalecer, donde mantener la cordura es primordial por el bien, por su bien.
Y es que aun me sigue hablando y se me encoge el alma, aun me habla y se me derrumba el mundo, y la nostalgia me invade, los recuerdos me asolan, y sin quererlo la siento a mi lado, la huelo, la toco, me besa, nos besamos, un beso leve, apenas un breve roce de labios, y de repente se desvanece entre la nada, entre la niebla. Y mi piel se eriza, mis sentidos la siguen anhelando, puede que jamás dejasen de anhelarla desde el primer día.