jueves, 28 de junio de 2012

Reinventando la belleza!


Sentimos, olemos, oímos, observamos, degustamos, nos vemos abrumados día a día por miles de sensaciones, miles de experiencias que desestabilizan nuestro ser, que lo cambian aunque solo sea en una milésima parte, percepciones que perturban todo nuestro ser, que lo engrandecen, que aumenta su valía. Cada ser tiene una ligera debilidad por una serie de estímulos, esos que por mucho que lo intentemos no nos pasan desapercibidos, si no que todo lo contrario excitan todo nuestro ser, nos pone en alerta o nos relaja.
Entre esos estímulos encontramos es más bello de todos para un hombre, la mujer, ese ser perfecto, delicado, adorable, imperturbable, nítido, creada a conciencia, al detalle, al milímetro, hasta lo más banal nos vuelvo locos, hasta lo más simple nos hace perder la locura, hasta lo más sencillo nos desata. Porque desde esa sonrisa de soslayo hasta ese movimiento de pelo al vuelo, pasando por ese movimiento inocente de esa arrugada falda, puede hacer enloquecer hasta el más inocente de los mortales, porque las mujeres puede que sean semidiosas puestas en la Tierra para provocar la locura, para jugar con el mundo, para despertar en la gente esa ilusión necesaria cada día.
Las mujeres hacen de lo rudo algo suave, de lo brusco algo delicado, de lo más común algo dulce, de lo más banal algo simplemente inolvidable. Tienen ese poder que muchos seres anhelarían, juegan y desean, aman y odian, enloquecen y hacen enloquecer, enamoran con una sonrisa y te destroza con una mirada, cualidades antagónicas pero magníficas que hacen de ella algo magnífico, algo imprescindible, algo necesario, algo admirable.
Porque ese movimiento de caderas al andar, ese gesto de insignificancia, esa mirada fija, esa valentía, todo en ellas nos vuelve locos, tenemos una ligera debilidad difícil de reconocer, una debilidad que rige muchos aspectos de nuestras vidas, una debilidad que las da poder.
Cuantos de vosotros no habéis enloquecido viendo el cuerpo de una mujer desnudo iluminado por esa ligera luz tenue por las rejillas de la ventana, esa luz que no es lo suficientemente fuerte para iluminar esa tez morena pero si para insinuar, insinuar cada unas de sus curvas, magnificar cada uno de sus gestos, hacer de ese bello rostro algo más precioso, provocar que esa sonrisa de ángel sea aún más preciosa en medio de esa sutil oscuridad. Porque esa mirada inocente, casi vergonzosa, acompañada de esa leve sonrisa de complicidad que se atisba en su rostro mientras tapa su delicado cuerpo desnudo avergonzada ante tanta desnudez, ese beso delicado, suave, casi imperceptible que te da en la espalda mientras te abraza, pudiendo llegar a insinuar un no te vayas nunca, esa mirada sostenida, cómplice, que sin decir nada está hablando a gritos; pequeños detalles que pudiendo no decir nada lo dicen todo, pequeñas cosas que hacen enloquecer, que enamoran.
Esa fusión entre hombre y mujer, esa unión de dos cuerpos, ese magnífico acto en el que se convierten en uno, ese vaivén al compás de suspiros inaudibles, esos besos entre gemidos cómplices, esa liberación de deseos, esa búsqueda del placer en común,  deseándose un poco más a cada segundo, conociendo cada esquina de ese precioso cuerpo, quién sabe si amándose, quién sabe si enamorándose, quién sabe si enloqueciendo.
Un hombre enamorado tiene una debilidad, que desde el momento en que esas dos miradas se cruzan le invade, se instala en su interior, crece a cada segundo que pasan juntos, se aferra con más fuerza con cada beso, que se graba a fuego cada vez que se aman. Esto desboca en una necesidad de proteger esa bella figura, de que nada la perturbe, esa necesidad emergente de tenerla a tu vera a cada segundo, de verla dormir, de amanecer junto a ella, observando cada uno de sus rasgos, acariciando esa faz morena, abrazándola, sintiendo su calor, besando ese cuerpo que durante ese efímero instante es tuyo, que no pertenece a nadie más, dejando que su suave fragancia te invada hasta lo más profundo de tu ser, sintiendo como a cada instante vas perdiendo poco a poco la cordura. Nos abrumamos con cada lunar, con cada milímetro de esos rosados labios que nos llevan a la locura, nos volvemos locos con ellas en sí, nuestra adorable y magnífica perdición.
Todo lo que tengo es un papel, y el eco de tus besos resonándome en mi piel.
Todos vivimos en la eterna batalla de conocer a la mujer perfecta, esa mujer que no existe pero en cuya búsqueda no cesamos, vagamos por el mundo conociendo, experimentando, hasta que tropezamos con esa piedra que nos hace ver el cielo, que hace que dejemos de andar cabizbajos por el mundo, que nos hace levantar la vista y ver lo magnífico del mundo, que nos sorprende a cada segundo, que provoca sonrisas con solo recordar cada momento junto a ella, esa persona que nos hace vagar por la vida viviendo, conociendo, experimentando, abriendo fronteras antes inimaginables.
Todo se reduce al fin y al cabo a sentimientos, tan difíciles de explicar, tan complicados de entender, guiados por la sin razón y la locura. Una mujer no habla de sentimientos, aparenta frialdad e indiferencia, pero no es más que su fachada exterior, una mujer habla con cada gesto, con cada mirada, con cada sonrisa, es un lenguaje cifrado que hay que saber entender, sumamente complicado y confuso, todo se basa en interpretar correcta o erróneamente pero interpretar y guiar nuestro camino.
Y es que enamorarse no es otra cosa que dejarse llevar, guiarse por el corazón perdiendo la razón, sumergiéndose poquito a poquito en esa locura que es el juego del amor. Un sin sentido adorable y odiable a la vez, eso es enamorarse, que nos lleva a experimentar lo más maravilloso de la vida pero también saca hasta lo más vil de cada ser, porque el amor no es otra cosa que odiarse entre caricia y caricia, matarse entre beso y beso, dispararse mientras hacemos el amor, es una guerra continua de sentimientos, adorables sin duda.  Esa sensación de poder regalar el mundo, el cielo, cada estrella y hasta el mismo universo si eso la hiciese feliz, si eso atisbara una ligera sonrisa en su rostro. Todo se resume en un juego de locos, un juego en el que se arriesga a cada segundo, se ama en los descansos y se vive cada minuto, con ligeras muertes instantáneas. Déjame enseñarte el mundo de una manera en la que jamás lo has visto, enseñarte lo más magnífico de este juego, recorrer el mundo, regalarte cada noche las estrellas y comernos el universo en cada beso. 
Mejor es vivir arriesgando que morir sin haberlo intentado, que no invadan las dudas, cada amanecer levantarse y gritar al mundo, luchar y no desistir, pisando fuerte, que si esto quiere arrasar el mundo, que esto quiere destruir todo lo conocido hasta el momento, que si esto quiere inundar el mundo, adelante ya lo reconstruiremos mucho más bonito. Tanto escribir cuando el amor puede resumirse en un mero: ‘Tengo ganas de ti’.

lunes, 25 de junio de 2012

Locura por los cuatro costados


La esperanza habita en cada corazón, en cada ser, en cada brisa marina que nos inunda con su olor, que ondea el pelo al son de su vida, que alimenta ilusiones, que despierta corazones inertes o que quizás un día mustio y apagado perdieron la ilusión a lomos de la desesperanza.
La esperanza no es si no otro de los motores que guía la vida, encarna ese espíritu de lucha constante, esa lucha encarnizada entre el ser y no ser, esa lucha entre el pensar y el actuar, ese límite entre el anhelo y el deseo. Toda acción conlleva tras sí una serie de esperanzas encadenadas esperando ser liberadas al más puro son de la vida misma, todo lo que hacemos conlleva consecuencias íntimamente ligadas, quién sabe si positivas y negativas, pero sin duda cambiarán el sino de las cosas, puede que el rumbo de la vida, e indudablemente cambiará el parecer y la fuerza de esas ilusiones, de esa esperanza que habita en lo más profundo de nuestro ser.
Necesita ser alimentada, tener motivos, vivimos enlazados a miles de ilusiones y deseos que marcan la vida en cierta manera, limitan su universo, su alcance y es que ante todos somos seres sensitivos, vivimos de la experiencia, necesitamos sentir, ver, acariciar, oler, gustar, oír, definir una sensación en todos sus contextos posibles, hacerla lo más exacta posible, para el día necesario poder recobrarla con la misma fuerza y que de solo recordarla se erice nuestra piel, exaltar cada nervio, ese escalofrío que te recorrió esa primera vez. Pero no vivimos solo de la experiencia, también en cierta medida somos racionales, ambas se complementan o se destruyen, cada aspecto cobra la importancia que merece en cada instante preciso. ¿Pero qué es lo que determina la prevalencia de un aspecto sobre el otro? No hay nada que lo determine lógicamente, no hay ley pre-escrita que defina dicha conducta, en esos conflictos solo nuestro instinto decide, una decisión que abarca milésimas de segundo que pueden marcar el éxito o el fracaso, ese límite que marca el punto de no retorno.

La gente olvida lo que dices, olvida lo que haces, pero nunca olvida como la haces sentir.

Por lo tanto exige parte de riesgo, ese deseo a dejarlo todo atrás, a no mirar el ayer  si no el mañana, ese deseo de grandeza, de crecer. Deseo por todas partes, así es la vida, deseos en todas las facetas que marcan nuestras acciones, nuestros hechos irracionales, todo es deseo por todos lados, la vida es una consecución de deseos, un cúmulo de éxitos y fracasos sin límite, de ambos aprendemos para bien o para mal, la experiencia empieza a inclinar la balanza de la batalla del aspecto instintivo frente al racional, buscamos en esa batalla situaciones de un ayer similares, que nos recuerden esa experiencia, que nos haga aprender de los errores, que nos haga buscar similitudes y evitarlas o seguirlas, al fin y al cabo somos racionalmente inconscientes porque todo sucede en segundos, segundos en lo que intervienen miles de factores que determinarán el sino de los sentimientos, de las sensaciones, de los actos y quién sabe si de la vida.
Luchar, caer, levantarse, vivir, seguir; así es nuestra vida. Rendirse jamás debe ser una opción, siempre luchar al pie del cañón, dejándose la piel, arriesgando el corazón, viviendo al límite de la locura, es que si merece la pena todos estos riesgos serán pocos, todo esto no será nada comparado con la sensación de satisfacción que invade al lograr lo anhelado, y es que eso es vivir luchar, querer, desear, anhelar, lograr o fracasar, todo acabará igual para todos, diferentes vidas con un mismo final.
 Porque aunque vengan tempestades y el cielo no pare de tronar anunciando el fin inminente, porque aunque choquemos contra muros de acero, porque aunque los objetivos parezcan de lo más inalcanzable, imposibles, nunca deberemos olvidar que no hay arma más fuerte que la esperanza, que con esperanza todo será posible, que si existe es porque es posible, que nadie te diga lo que has de hacer o lo que no, que nadie lleve las riendas de tu vida, toma el control, arriesga, ama, vive.

Decide, arriesga, vive o muere, grandes experiencias exigen grandes sacrificios, porque puede que esto solo el principio o el final,  ¿tú qué quieres que sea? Porque la imaginación no tiene límites, juguemos a imaginar sin fronteras, libera y juega, pierde quién antes sucumba, o quizás no haya perdedores, quién sabe, eso depende de cada cual.