Sentimos,
olemos, oímos, observamos, degustamos, nos vemos abrumados día a día por miles
de sensaciones, miles de experiencias que desestabilizan nuestro ser, que lo
cambian aunque solo sea en una milésima parte, percepciones que perturban todo
nuestro ser, que lo engrandecen, que aumenta su valía. Cada ser tiene una
ligera debilidad por una serie de estímulos, esos que por mucho que lo
intentemos no nos pasan desapercibidos, si no que todo lo contrario excitan
todo nuestro ser, nos pone en alerta o nos relaja.
Entre
esos estímulos encontramos es más bello de todos para un hombre, la mujer, ese
ser perfecto, delicado, adorable, imperturbable, nítido, creada a conciencia,
al detalle, al milímetro, hasta lo más banal nos vuelvo locos, hasta lo más
simple nos hace perder la locura, hasta lo más sencillo nos desata. Porque
desde esa sonrisa de soslayo hasta ese movimiento de pelo al vuelo, pasando por
ese movimiento inocente de esa arrugada falda, puede hacer enloquecer hasta el
más inocente de los mortales, porque las mujeres puede que sean semidiosas
puestas en la Tierra para provocar la locura, para jugar con el mundo, para
despertar en la gente esa ilusión necesaria cada día.
Las
mujeres hacen de lo rudo algo suave, de lo brusco algo delicado, de lo más común
algo dulce, de lo más banal algo simplemente inolvidable. Tienen ese poder que
muchos seres anhelarían, juegan y desean, aman y odian, enloquecen y hacen
enloquecer, enamoran con una sonrisa y te destroza con una mirada, cualidades
antagónicas pero magníficas que hacen de ella algo magnífico, algo
imprescindible, algo necesario, algo admirable.
Porque
ese movimiento de caderas al andar, ese gesto de insignificancia, esa mirada
fija, esa valentía, todo en ellas nos vuelve locos, tenemos una ligera debilidad
difícil de reconocer, una debilidad que rige muchos aspectos de nuestras vidas,
una debilidad que las da poder.
Cuantos
de vosotros no habéis enloquecido viendo el cuerpo de una mujer desnudo
iluminado por esa ligera luz tenue por las rejillas de la ventana, esa luz que
no es lo suficientemente fuerte para iluminar esa tez morena pero si para
insinuar, insinuar cada unas de sus curvas, magnificar cada uno de sus gestos,
hacer de ese bello rostro algo más precioso, provocar que esa sonrisa de ángel
sea aún más preciosa en medio de esa sutil oscuridad. Porque esa mirada
inocente, casi vergonzosa, acompañada de esa leve sonrisa de complicidad que se
atisba en su rostro mientras tapa su delicado cuerpo desnudo avergonzada ante
tanta desnudez, ese beso delicado, suave, casi imperceptible que te da en la
espalda mientras te abraza, pudiendo llegar a insinuar un no te vayas nunca,
esa mirada sostenida, cómplice, que sin decir nada está hablando a gritos;
pequeños detalles que pudiendo no decir nada lo dicen todo, pequeñas cosas que
hacen enloquecer, que enamoran.
Esa
fusión entre hombre y mujer, esa unión de dos cuerpos, ese magnífico acto en el
que se convierten en uno, ese vaivén al compás de suspiros inaudibles, esos
besos entre gemidos cómplices, esa liberación de deseos, esa búsqueda del
placer en común, deseándose un poco más
a cada segundo, conociendo cada esquina de ese precioso cuerpo, quién sabe si
amándose, quién sabe si enamorándose, quién sabe si enloqueciendo.
Un
hombre enamorado tiene una debilidad, que desde el momento en que esas dos
miradas se cruzan le invade, se instala en su interior, crece a cada segundo
que pasan juntos, se aferra con más fuerza con cada beso, que se graba a fuego
cada vez que se aman. Esto desboca en una necesidad de proteger esa bella
figura, de que nada la perturbe, esa necesidad emergente de tenerla a tu vera a
cada segundo, de verla dormir, de amanecer junto a ella, observando cada uno de
sus rasgos, acariciando esa faz morena, abrazándola, sintiendo su calor,
besando ese cuerpo que durante ese efímero instante es tuyo, que no pertenece a
nadie más, dejando que su suave fragancia te invada hasta lo más profundo de tu
ser, sintiendo como a cada instante vas perdiendo poco a poco la cordura. Nos
abrumamos con cada lunar, con cada milímetro de esos rosados labios que nos
llevan a la locura, nos volvemos locos con ellas en sí, nuestra adorable y
magnífica perdición.
Todo lo que tengo es un papel, y el
eco de tus besos resonándome en mi piel.
Todos
vivimos en la eterna batalla de conocer a la mujer perfecta, esa mujer que no
existe pero en cuya búsqueda no cesamos, vagamos por el mundo conociendo,
experimentando, hasta que tropezamos con esa piedra que nos hace ver el cielo,
que hace que dejemos de andar cabizbajos por el mundo, que nos hace levantar la
vista y ver lo magnífico del mundo, que nos sorprende a cada segundo, que
provoca sonrisas con solo recordar cada momento junto a ella, esa persona que
nos hace vagar por la vida viviendo, conociendo, experimentando, abriendo
fronteras antes inimaginables.
Todo se
reduce al fin y al cabo a sentimientos, tan difíciles de explicar, tan
complicados de entender, guiados por la sin razón y la locura. Una mujer no
habla de sentimientos, aparenta frialdad e indiferencia, pero no es más que su
fachada exterior, una mujer habla con cada gesto, con cada mirada, con cada
sonrisa, es un lenguaje cifrado que hay que saber entender, sumamente
complicado y confuso, todo se basa en interpretar correcta o erróneamente pero
interpretar y guiar nuestro camino.
Y es
que enamorarse no es otra cosa que dejarse llevar, guiarse por el corazón
perdiendo la razón, sumergiéndose poquito a poquito en esa locura que es el
juego del amor. Un sin sentido adorable y odiable a la vez, eso es
enamorarse, que nos lleva a experimentar lo más maravilloso de la vida pero
también saca hasta lo más vil de cada ser, porque el amor no es otra cosa que
odiarse entre caricia y caricia, matarse entre beso y beso, dispararse mientras
hacemos el amor, es una guerra continua de sentimientos, adorables sin duda.
Esa sensación de poder regalar el mundo, el cielo, cada estrella y hasta
el mismo universo si eso la hiciese feliz, si eso atisbara una ligera sonrisa
en su rostro. Todo se resume en un juego de locos, un juego en el que se
arriesga a cada segundo, se ama en los descansos y se vive cada minuto, con ligeras
muertes instantáneas. Déjame enseñarte el mundo de una manera en la que jamás
lo has visto, enseñarte lo más magnífico de este juego, recorrer el mundo,
regalarte cada noche las estrellas y comernos el universo en cada beso.
Mejor
es vivir arriesgando que morir sin haberlo intentado, que no invadan las dudas,
cada amanecer levantarse y gritar al mundo, luchar y no desistir, pisando
fuerte, que si esto quiere arrasar el mundo, que esto quiere destruir todo lo
conocido hasta el momento, que si esto quiere inundar el mundo, adelante ya lo
reconstruiremos mucho más bonito. Tanto escribir cuando el amor puede resumirse
en un mero: ‘Tengo ganas de ti’.
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