Nos
sorprendemos a nosotros mismos mirando hacia atrás, recopilando momentos y
sensaciones, miles de cosas a nuestras espaldas, es como si nos sentáramos en
el banco de ese parque donde matábamos las horas de una dulce infancia, donde
quien sabe quizás fuese el mismo parque de ese primer beso, y es que aunque a
veces no queramos verlo, hemos logrado tantas cosas en esta vida. Es todo tan
magnífico que nos abruma, no nos reconocemos, nos vemos incapaces de haber
logrado todo eso, y aun así, aun viendo todo lo logrado nos asusta el futuro,
nos vemos incapaces de afrontarlo, le tememos al futuro cuando sin darnos
cuenta hemos devorado el pasado.
El
tiempo es traicionero y vuela, mientras ayer pintábamos casitas de colores, hoy
no hacemos más que intentar pintar sonrisas inocentes en la carita de esa dulce
niña que nos vuelve loco. Todo cambia y evoluciona, y sin darnos cuenta cambiamos
con todo ello, aprendemos a ilusionarnos, a sonreír, a valorar, a enamorarnos,
y definitivamente, con todo ello aprendemos a querer.
Y te
seguía en ese largo camino, caminábamos a la par, tirando uno de otro, y aunque
a veces lentamente, aunque a veces frenábamos en seco y parecía ser el fin, dábamos
otro paso hacia al frente. Hasta que poco a poco empezaste a dejar de andar, te
quedabas atrás, la niebla nos nublaba, no nos dejaba ver con claridad, todo
alrededor era oscuridad, oscura lucidez. Y yo avanzaba, tu silueta se iba difuminando.
Entonces
te perdiste y, cómo no, te perdí yo también.
Era de
esperar. Tanto tiempo tirando y aflojando, subiendo y bajando. Demasiadas ocasiones
fueron en las que morimos para luego resucitar.
Y con
demasiadas, digo suficientes.
Tu estás
a tus cosas, yo a las mías.
En
ocasiones, incluso da la sensación de que conseguimos, de forma efímera,
aquello de actuar ‘como si no hubiese pasado nada’.
Pero
hay momentos en los que es imposible esconderlo todo y ocultarlo, los hay en
los que tan solo hay niebla y rabia.
Y con
la rabia, vuelves tú. Vuelves sin más, te plantas entre mis pensamientos y te
instalas, recuerdo tu sonrisa, tu forma de reír, tu forma de apartarte el pelo,
tu mirada sincera, tu forma de besarme. Y de repente todo es niebla de nuevo, y
tal y como viniste te vuelves a desvanecer entre la nada, entre la oscuridad.
Intentamos
dominar nuestros pensamientos, nuestras sensaciones, cuando realmente nos
cuesta asumir que somos puro irraciocinio, que nos guiamos por impulsos. Y el
problema de guiarnos por impulsos es que lo que hicimos ayer cambiará
irremediablemente nuestro mañana, y puede que lo que ayer era correcto y
oportuno, hoy no sea más que nostalgia desmedida y desbordada por los cuatro
costados. La vida es eso, pequeños pasos de los que aprendemos día a día, sin
darnos cuenta de que esto es como una estación de trenes, y muchos pasarán una
sola vez para nunca jamás volver.
Felicidades L.
Felicidades L.
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